viernes, octubre 28, 2005

Panem et circenses

Hubo un tiempo en el que apasionaba ver deporte en televisión, ahora tan sólo me gusta. Es un placer prescindible si se compara con el espectáculo de una puesta de sol (no, una puesta de sol no es cada día igual, como tampoco lo es un partido de fútbol). Este cambio de actitud se fraguó en una obviedad, un día descubrí que yo no soy quien marca los goles, sino Raúl o Ronaldinho, ni siquiera les doy los pases. Yo no pedaleaba subiendo el Tourmalet, sino Perico o Miguel. Por mucho que me esfuerce no llegaré a machacar una canasta, yo no soy Gasol. Aparte de este "gran" descubrimiento hubo otro no menos evidente: el equipo o deportista al que yo apoyaba no era, necesariamente, mejor que sus rivales y, si perdía, no se debía a la mala suerte ni al desastroso arbitraje (ese que siempre parece estar en contra de los nuestros y a favor del contrario). Así las cosas, los domingos perdieron cierto aliciente para mí, si veo cualquier acontecimiento deportivo disfruto, sin más, de la estética, a veces con ciertas preferencias -suelo apoyar al más débil- es algo que termina, si acaso, pasados cinco minutos del final de la competición.

Hay una segunda parte que despierta tremendamente mi curiosidad, el placer (a veces, necesidad imperiosa) que muchos encuentran saliendo a la calle con pancartas y banderas insultando al rival, al vecino o a cualquiera que se le ponga por delante (en la provincia en la que vivo se celebran las victorias o casi cualquier cosa acordándose de la madre de los de una ciudad concreta, aunque ésta no haya participado en el evento). Este tipo de fanático, rechoncho y borrachín, que tanto abunda, se siente representado por unos muchachos que se han pasado toda su vida entrenando para llegar lejos, que son guapos y millonarios. Hay otro rasgo común en esta especie, no tienen ni puñetera idea de deporte, ni de sus reglas ni de su historia, ni les importa un bledo (eso les restaría argumentos). Apuestan por el caballo ganador y siempre se sienten perjudicados y perseguidos.

El deporte sustituyó a la guerra y a la religión en el corazón de los hombres. Yo, casi sin quererlo, un día me supe apátrida ¿A qué equipo podría apoyar? Eso que me pierdo.

lunes, octubre 24, 2005

Caminos sobre la mar


Posted by Picasa

No dejo de sorprenderme -será de tanto equivocarme- de lo que se aprende de los errores, de descubrir que éstos son fundamentales para seguir creciendo. Que sólo cayendo puede uno levantarse y que, al hacerlo, se es más alto, más fuerte, se ve más lejos. Lo importante es levantarse.

Sigo atrapado en la ciudad. Imagino que para encontrarse es bueno andar perdido. Hace tiempo que descubrí que la felicidad proviene del interior de cada uno, que los factores externos aportan solamente una pequeña satisfacción estéril, puesto que cada vez te exige algo más, sin fin, sin llegar a hallar una meta, puesto que ésta no existe. Sin embargo, ahora, me ahogo en la superficialidad de la urbe, cultivando una vida social pasajera y amistades, en su mayoría, efímeras. Vago sin rumbo de bar en bar, de "flirt" en "flirt", con la firme convicción de que es, tan sólo, un escalón del aprendizaje, otra etapa de mi vida.
Tengo un objetivo marcado, acaso por primera vez, el resto va a ser "pasar haciendo caminos...".